LUCÍA

"La voz de Lucía Pulido tiene un dejo sobrecogedor que hace que la identifiquemos en cualquier estilo al que se apunte: zamba o porro, baguala o bullerengue, lo suyo es un modo de cantar tan propio que termina dejando su huella por encima de los géneros.” "

- Juan Carlos Garay, Revista Semana, Colombia

"Possessing an intensity that embraces astonishing delicacy and superb power, sometimes in the turn of a single phrase, Pulido approaches the rich traditions of Latin American song with experimental zest and brazen accuracy"

- Alan Lockwood, Time Out New York, USA

Tres recuerdos cruciales atraviesan la vida de la cantante. Por un lado, la luna llena, gigante y roja de los atardeceres del Llano y, por otro, la llegada a casa de su padre, quien luego del trabajo, colgaba el sombrero en la pared y descolgaba la guitarra para cantar rajaleñas, guabinas, bambucos, joropos, cumbias y fandangos. Un tercero permanece ingrávido en su memoria: las canciones de Violeta Parra que escuchó en su niñez gracias a una chilena que vivía en Yopal. 

A principios de la década de los ochenta partió de la capital de Casanare y se instaló en Bogotá. En respuesta a su fallido intento de estudiar en el Conservatorio, se unió a una tropa de bohemios cantautores que buscaban su personalidad en las músicas campesinas de los Andes y los Llanos colombianos. De allí surgió el dueto Iván y Lucía que dejó para la posteridad “Alba”, una canción que se convirtió en un himno generacional.

Luego del efímero y sorpresivo éxito, Lucía, partió a Nueva York en 1994. Allí debutó con Lucía (Gaira, 1996), un disco en clave de jazz latino, producido por Héctor Martignon e Iván Benavides, su compañero de dueto, quien la ha acompañado intermitentemente en su viaje musical. Sin el ánimo experimental de sus discos posteriores, Lucía fue un momento de transición y la entrada definitiva al difícil circuito neoyorquino de jazz.

A este le siguió Cantos religiosos y paganos de Colombia (Intuition, 2000), una grabación vinculada emocionalmente a Manuel Zapata Olivella, quien, a propósito, le puso nombre a un disco producido por el percusionista japonés Satoshi Takeishi.  Desde el título, este registro nos lleva a lugares donde el canto es, al mismo tiempo, ritual y recurso artístico. Pertenecientes todos a la tradición bullerenguera del Caribe colombiano, el complejo rítmico de la chirimía del Pacífico y otros retomados de los Llanos colombo- venezolanos, los cantos allí incluidos le dieron licencia a Pulido para permitirse toda suerte de libertades representadas en gritos, susurros y melancólica sensualidad.

 

Luego de unos años de silencio, retornó con Dolor de ausencia (Discos FM, 2004), una colección de clásicos de la canción popular latinoamericana pertenecientes al vilipendiado repertorio de Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo y Alci Acosta, titanes de la música cantinera. Inesperado y contrastante con su antecesor y los que vendrían, este es un disco en el que se descuajó para interpretar valses peruanos, boleros, rancheras y pasillos ecuatorianos con sentimiento cauteloso -exento de patetismo- que fluyó de manera tranquila gracias al formato de cámara escogido cuidadosamente para la sesión, la compañía del violinista guatemalteco Sergio Reyes y los soberbios arreglos de Sebastián Cruz, guitarrista con el que por esa época ya conformaban un tándem ideal. Esta veta despechada la retomó años más tarde con El Vicio de Quererte, un ensamble con el que aprendió algunas 'pirekuas', que son cantos en lengua purépecha de Michoacán.

El destino, con su milimétrica precisión, le puso en el camino a Fernando Tarrés y a Benjamim Taubkin, dos músicos con los que revitalizó sus particulares conexiones con el jazz.

Lucía Pulido y Erik Friedlander, festival Glatt & Verkhert en Krems, Austria 2016

A decir verdad, Lucía Pulido no canta jazz. Por eso resulta paradójico que muchos de sus proyectos estén relacionados con esta música elástica y permeable. Su trabajo con el guitarrista argentino Fernando Tarrés –condensado en la trilogía Songbook (BAU Records), grabada entre 2005 y 2011- parte de una conjunción arriesgada entre jazz de corte camerístico e improvisación libre, que les permiten pasearse, sin concesiones, a través del folclore sureño, canciones populares latinoamericanas y sonoridades raizales del Caribe y el Pacífico colombianos.

Algo similar sucedió con América Contemporánea, una idea del pianista brasileño Benjamim Taubkim que reunió a Siba, Aquiles Báez, Álvaro Montenegro, Christian Gálvez, Luis Solar Narciso y Lucía Pulido. Junto a ellos grabaron Um outro centro (Núcleo Contemporáneo, 2006), emotivo registro fonográfico que, más allá de evocarnos pasados remotos, nos conecta con canciones plenas de presente.Entre estas dos escalas panamericanas, la cantante presentó Luna menguante (Adventures Music, 2008), un álbum nocturnal en el que interpretó algunas canciones que años antes Manuel Zapata Olivella le había “regalado” con la condición de hacer con ellas lo que le dictara su bendita intuición. Con los arreglos de Sebastián Cruz, este compendio taciturno de cantos de velorio y vaquería, tonadas llaneras, gritos de monte, sones chocoanos y bullerengues contiene una secreta correspondencia con Por esos caminos (2011), disco que evoca canciones tan iridiscentes como sombrías. Desde la desgarradora “Por qué me pegas”, de Etelvina Maldonado hasta la pintoresca retahíla “Señor Pascual”, pasando por su estremecedora versión de “El calavero”, de Edson Velandia, Lucía Pulido recorre su genealogía del sonido y nos revela arcanos y fuerzas proverbiales.

No hace mucho que Lucía cambió el estruendo por el sosiego. Aunque Nueva York continúa siendo un espacio privilegiado para la creación, pasa sus días en Malinalco, un pequeño pueblo localizado al sur del Estado de México. Allí, en esa cálida geografía de donde brotan insólitos mezcales, inventa adornos hechos con cintas de colores y continúa su búsqueda sonora que ahora reposa en la desnudez de Corazonantes, un trío junto a Misha Marks en el que descomponen y remozan viejas canciones del repertorio popular colombo-mexicano.

El canto es una forma de espiritualidad que le sirve a Lucía Pulido para develar su devenir, imponerse a la nostalgia de músicas pretéritas y experimentar con su voz, que, al decir del poeta y filósofo español Ramón Andrés, “es capaz de nombrarlo todo”.

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